27/04/2009

AC/DC. MÁS DE LO MISMO
Normalmente, la expresión “más de lo mismo”, trae consigo connotaciones negativas. No es así en el caso de AC/DC.
Que se trata de una de las más míticas bandas de rock de todos los tiempos, es innegable. Que su comunión con el público roza lo místico, obvio. Y que siguen sonando como hace más de treinta años, quizás sea lo mejor que se puede decir de alguien dedicado a este negocio, dado los tiempos que corren.
El quinteto australiano no defraudó a su legión de incondicionales en esta nueva cita. Si acaso, se oyó alguna queja que aludía a las dificultades para conseguir una entrada. Pero todo eso se había olvidado ya con el segundo acorde de Rock’n’roll train, tema con el que abrieron el concierto, y que encadenaron con alguna de sus archiconocidas composiciones.
Pocos símbolos tan acertados como los que van asociados a algunas canciones (auténticos himnos ya) de la banda: la locomotora de Rock’n’roll train, las campanas de Hells Bells, los cañones de For those about the rock, atronaron anoche en el Palacio de los Deportes. Contundencia, potencia, oficio, y ROCK con mayúsculas, en estado puro, son las cartas de presentación con las que AC/DC se planta en un escenario. A todo ello se suma una más que probada profesionalidad. Con estos ingredientes, ¿quién necesita engatusar al personal con luces y puesta en escena?.
Fueron cayendo como rayos los clásicos, entreverados con alguna de las novedades de su último trabajo, Black Ice, tan en la línea de siempre, que no desmerecían los benjamines junto a sus tatarabuelos. Salvo algún capricho personal (me chifla la acelerada versión en directo del Rocker), no se echaron de menos casi ninguno de sus éxitos de siempre: Shoot to thrill, TNT, Whole lotta Rosie, Highway to hell, Dirty deeds…, The jack, Back in black, Let there be rock, Shot down in flames, Thunderstruck, y un largo etcétera, además de las icónicas ya mencionadas, saciaron hasta los más voraces apetitos de rock & roll.
Impresionante, como de costumbre, la sección rítmica, donde la apisonadora que componen el tándem Phil Rudd-Cliff Williams, acompañados por la guitarra de Malcolm Young, no deja lugar a dudas ni de su calidad como músicos, ni de su compenetración como equipo. Inapelable también el trabajo (entre el aspecto de estibador portuario y la perenne ronquera no se me ocurre otra forma mejor de calificarlo) de voz de Brian Johnson, siempre “conectado en paralelo” al incendiario mástil del menor de los Young.
Pero sería una tremenda injusticia no hacer especial mención a esa bestia de directo que es Angus Young. El pequeño guitarrista crece hasta límites insospechados cuando empuña su Gibson SG. Cierto es que se notan los 54 años recién cumplidos. Posiblemente no haga ya los quince kilómetros por sesión que se le calculaban en los conciertos de antaño, pero a nadie pareció importarle. El chiquitín trotó, saltó, sudó, se revolcó por el suelo, e incluso obsequió al respetable con su acostumbrado striptease, contenido, eso sí, que los cuerpos ya no son lo que eran. Sus riffs, sin embargo, sí que lo son, y también su virtuosismo; ni sumergido en cerveza (con la contenida en los estómagos que abarrotaban el pabellón se podría haber llenado una piscina olímpica) perdería el compás éste diablillo rockero. Reconocía con total naturalidad el músico en una reciente entrevista que sólo escuchaba música en vinilo porque no sabía cómo funcionaba un iPod. Ni falta que le hace, Mr. Young…
En definitiva: más de lo mismo, que en el caso de AC/DC es decir mucho y bueno.
Fotografía: Juan Pérez-Fajardo.